noviembre 01, 2006

Gradas Punquis

“Para quién canto yo entonces, si los humildes nunca me entienden.”
Charly García

Me siento en el peldaño 31, descanso, respiro… me fumo un cigarrillo imaginario y hago volutas perfectamente redondas. Me distraigo un poco mirando el paisaje citadino, siempre veloz en la maraña de ambiciones. Rostros que deambulan hacia arriba y hacia abajo de estas gradas, miran de reojo para evitar tropezarse conmigo, me ignoran, no me saben, me tiran una limosna… Reflexiono en la apertura de los cubos para encontrar la vida encerrada entre las sombras de lo ignorado, para que sea libre y se exprese como le dé la gana, y luego un ciego me da un bastonazo en la espalda… le pido disculpas… no responde nada y sigue su marcha hacia adelante por el mismo estrato en diagonal de su ceguera. He aquí un ciego que avanza a como dé lugar y un vidente que pide tregua a sus alpargatas…

Pareciera que estorbo, pero me hago el leso. Es divertido sentir que, aún estando quieto, se interrumpen los relojes, se intervienen las rutinas, se manifiesta el movimiento. Viene un guardia, de esos de paso regular y cabello corto bajo la gorra, y me inquiere sospechoso de algún delito nada literario… Me pregunta si me siento bien en un tono inusitadamente amable, y yo respondo un “sí, gracias” inexpresivo, con los ojos puestos aún en el horizonte. Me percato de su angustia. “Estoy bien, de verdad, gracias.” Se aleja compungido e incrédulo mientras se reacomoda la gorra. Pienso, entonces, en la inutilidad del arte, en lo sucedáneo de las metáforas, en la frustración de los artistósofos al no dar con el color que narre sus existencias, en la estupidez del vanguardista que desde su guitarra pretende hacer religión, en los siempre buenos comerciantes que habitan en las vitrinas de sus sueños tan vacíos como ahora mi estómago… “Señor, —me interrumpe la voz del guardia— tome señor.” Me extiende un vaso de agua. Me sumerjo en el refrescante mar de amabilidad. Bebo y agradezco. Le pregunto su nombre… “Bueno, don Juan, me doy cuenta que hago bulla con mi silencio… gracias por el vaso de agua, ha sido usted muy amable, pero no se preocupe… insisto en que estoy bien, sólo descanso un poco… gracias.”

No quiero cuentos, así que me pongo de pie y camino en horizontal. Hacia la izquierda, por el estrato de los panfletos, las esperanzas se dan de cabezazos y las inteligencias se desmoronan con prácticas que el pueblo no comparte. Hacia la derecha, por el estrato de la barbarie, la sangre sigue fluyendo desde las inconciencias… dinero y poder… dinero y poder… dinero y poder… “Por aquí, señor, —insiste el guardia indicándome el rumbo—, un paramédico lo atenderá.” No sé si reír o echar un par de chuchadas… ¡pero qué tipo más insistente! “Qué le pasa a usted ¿eh? Ya le digo: estoy bien, sólo descansaba un poco… por favor.” Me responde que no puedo permanecer allí y que si me siento tan bien, es mejor avanzar, que el tráfico de los transeúntes… “Como no.”

Los peldaños sinuosos, angulados y a la vez oblicuos, tan aparentemente iguales todos, se me comportan de manera extraña, antojadiza… cambian sus medidas estándar por unas al azar, cambian su dirección obligada de arriba y abajo por otra dirección que se desintegra, que se rompe en contrahuellas infinitas, y se cae a pedacitos el equilibrio universal… “Ya le digo yo… ¿ve?” —me refunfuña el guardia, tomándome del brazo. En la sala, blancos muebles combinan con las paredes blancas y la tenida inmaculada del paramédico… que no me sonríe, no me mira, no me habla… El olor a látex de sus guantes coincide con el blanquecino hedor de las sábanas recién puestas en la camilla. Me concentro en la luz del fluorescente que invade todas las sombras y me dejo ir… de blanco a negro en un pestañar…

Sustraído, recompongo mi verdadero nombre. Es decir, se hace grato no estar en lo que habitan las pupilas y estirar las frases rimbombantes porque suenan más graciosas… porque sí… porque en las sonáforas se ha desperfilado para bien la rigidez del verso aburguesado… aquí es posible reinventar lo sustantivo y transitar por la crítica a lo imposible… se me descuelga la mirada… alcanzo cúspides colectivas… me miro el ombligo en conceptos que rayan con certeza en una locura decadente... Y de negro a blanco en otro pestañar. “Volvió… —exclamó presuroso el guardia, que había vigilado durante el trance mi rostro palidecido—. La ambulancia viene en camino.” Pero qué ingenuos… pobres tipos ¡qué clase de ridículo hacen! “Se ha desmayado usted, lo mandaremos al hospital.”

En cámara lenta intermitente, el paramédico me inyecta un tentempié en el brazo derecho. Está bien —pensé— les seguiré el jueguito… a ver qué pasa…

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Pocilgas transparentes que recorren los circuitos de la imaginación me acompañan hasta altas horas de la madrugada. Iracundo, las golpeo a mansalva en el rostro, recojo sus babas hirvientes y las lanzo garabato abajo… maldigo la existencia y me enfrento a muerte con la muerte… me hace unas fintas… me pega en la boca del estómago, me quiebra un diente, me pone un dedo por el culo… grito… reclamo justicia… Los árbitros bendicen los dolores producidos. Desde el otro rincón del cuadrilátero, el comentarista de huesos declama su sentencia… “Ponga sábanas nuevas. Hay que lavarlo entero… está todo cagado y huele a infiernos… Hay que bajarle la fiebre a como dé lugar.”

“Lo cierto, doctor, es que mi hijo es muy porfiado. Viera usted. Le he dicho hasta el cansancio que deje esa maldita droga. Sí, doctor… cambia su estado de ánimo, lo deprime, lo entusiasma en exceso, lo encoleriza, y así… situaciones por el estilo… lleva un buen tiempo, unos años diría yo… A veces lo pillo hablando solo, doctor… él dice bromeando que son sus muertos… que es mejor hablar con los muertos porque están más vivos que los vivos, y yo no logro entenderle ¿sabe? Es que esa maldita cosa lo tiene enajenado, doctor… si ya no sé que hacer… Y él es tan inteligente ¿sabe? Lee harto y siempre ve los noticieros… se pone a pelear con la tele, le grita, y hasta le tira cosas a la pantalla. A mí me da un poco de susto pero lo dejo tranquilo no más… es su forma de expresarse, supongo… ¿Estará mucho tiempo aquí? Lo hecho tanto de menos, estoy tan preocupada, doctor. ¿Podría decirme qué es lo que tiene? Ah… y… ¿para cuándo cree usted que estarán los exámenes? Bueno, le agradezco doctor… No, está bien así… si yo no lloro, soy súper fuerte… gracias por todo doctor…”

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Me quedo inmóvil, asustado, convertido en el invitado de piedra. A mi alrededor, varias camas resisten los olores ácidos de la muerte. Un tipo, al que una hija desconsolada aún llora, sale de paseo para siempre en bolsa negra. A mi diestra, un veinteañero sufre los rigores del síndrome viral más perverso legado del siglo que recién se va. Un abuelo remoja su dentadura, impúdico, mientras escupe a una enfermera. Por el pasillo, zapatos y delantales blancos corren a la sala de al lado… a alguien se la ha reventado la apéndice… ¡a un impaciente hospitalizado!

Me quedo inmóvil, sujeto a la tela que envuelve mis miedos, convertido en escoria develada, sin aliento, sangrante. Mi orgullo se desvanece al descubrir que siempre estuvo unido a mi esfínter… “Uffff… ¡éste otra vez se cagó!” Una lágrima rebelde se desliza burlona por mi mejilla.

Me quedo inmóvil. Alguien de otra sala ha dado su último grito.

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“¿Es Sida doctor?” Traigo a mi memoria, entonces, los momentos más gratos y excitantes ¿te acuerdas? Es que la estación estival me calienta el alma. Cierro los ojos y te miro al desnudo… quiero corromper todo a mi paso y sin cuidado ni tiempo que perder, introducir mi reciedumbre en cada uno de tus poros, en ansioso trote hacia tus estertores y los míos… no hay razón alguna que me impida tapar tu boca, ahogar tus gritos, promover tus miedos, esperar la venganza de tus defensas ofendidas y vencidas ya hace rato por la fuerza equina de mis impulsos… expongo mis heridas como trofeos y me gozo… respiro profundo mientras te tomo y te hago mía hasta las entrañas… movilizo tus cumbres entre mis dedos, las estiro, invoco tempestades hasta que un largo quejido me implora por más… garabateas el delirio, me nombras, me ordenas, me obligas, me odias, me amas a morir… y yo lo sé, por eso abuso de tus abusos, me dejo sorprender, jugueteo entre tus aguas hasta que me gritan los volcanes bajo tu vientre… luego de los tuyos, mis estertores siguen cobrando recompensas, uno tras otro, en interminable y deliciosa agonía… “No lo sabemos, hay que hacer más exámenes para determinar lo que le pasa.”

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Recupero fuerzas, hago ejercicios suaves, miro hacia el ocaso y me extasío. Sin embargo, la desesperación hace ruidos insufribles. Nada sé de lo que me sucede. Sospecho lo peor.

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Mato el tiempo de modo vergonzante. Escribo. Entonces, proleta, preocupado, buscón… me reservo el derecho a la despedida, a tener la última palabra, a mimar mis últimos esperpentos inútiles. En mi altanería equilibrista, maldigo el porvenir de los escribientes de la sorna y la risa fácil, pues en ellos la despreocupación hace piel y flotan como mojón marinero: podrán repartir su hedor, deshacerse, influir, distraerse… pero no verán jamás el fondo de nada. Maldigo a los modernistas metáforos de la indolencia, versófilos de una astucia llena de obviedades, silabaristas de la impunidad yoísta, llorona, delincuente. Maldigo la ausencia de aquella magia que transparenta los relojes, la falta de instinto en los reflejos literarios, la carencia de altura en los andamios… la innovedad, la fomedad luciernógica que con poco hace de lumbrera, la buitrología no superada de los siempre hambrientos escribiluchos. Maldigo, pero de veras maldigo, la insomne despasión de los “pone estrellas en mis pupilas”, del comentario burroso, mezquino… Maldigo a los censuradores… Maldigo, al fin, a los ruiseñores de la palabra, que los hay verdaderos, que no se atreven a ir más allá de algún zombífilo webtrasher de la sensiblería… Es mi humilde parecer que en los muertos hay más vida que en cualquiera de esas construcciones de la neomarginalidad electrónica.

“¿Y?” “Paciencia…”

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“Sucede que aún estoy aquí… ¡¡estoy aquí, carajo!!”

En estos tiempos de extremo Yo, la mirada más miope que de costumbre se perfila como una combinación de sombras peleando por un pedacito de colores no abstractos. Y no hay pincel que aguante. Ni las aburridas miradas satelitales de un Pollock ni las agoreras figuritas inútilmente transparente de un Matta nos salvan de la ceguera adherida a nuestras frentes. Ni las sutiles expresiones de una Gabriela ni las jocosas mentirillas de un Parra logran romper el hielo de nuestras frentes. Ni las alucinadas melodías de Páez ni las citadinas y modernas trovas de Serrano logran percudirnos de los nudos que cuelgan de nuestras frentes.

Desde los aterrizajes forzosos de la cotidianidad, se desprenden bostezos ineludibles. A nuestro alrededor, una sinfonía de fantasmas y muertos recorre las calles. ¡Y todos luchan por su ración de espanto!

Los medios vociferan comunicados de prensa que rayan en la consagración de la estupidez. Opinólogos de todo tipo y función retuercen a su antojo lo inverosímil. Como cómplices malignos de la ignorancia, artistas y comunicadores, profesores y poetas, develan un mundo en que hasta la rebeldía está normada, encasillada en dogmas y antidogmas, en paradigmas anacrónicos y artimañas estéticas, muy artísticas. En nuestra modernidad hay un ideal para cada tipo de iluso…

Somos, apenas, respirantes de tercera. Los progresismos se visten de inocencia a la hora de ponerse las capas en tanto que, en las noches de luna menguante, sacan cuentas alegres de lo sustraído. De los retrógrados de siempre, dueños de un cuanto hay, eternos victoriosos a la hora de establecer las injusticias, queda un aroma a vómito fluyendo entre los resquicios… De ellos, sólo dolor y hambruna, apatía y mofa, se descuelgan desde sus brillantes corbatas llenitas de poder.

Entonces… si la crisis es de tal pesimismo, en que no hay ‘afuera’ que te salve ni ‘fuero interno’ que en verdad te refugie, da la sensación que todo es irreversible e inútil… Y, si hay sólo sinrazones dando vueltas, una y otra vez, como perro persiguiéndose la cola, la historia no es más que otro absurdo místico, como una religión, tan inútil como Dios… Y, si en esta aparente paz todo es un caos de magnitudes, en el que hasta el mejor juicio no es más que una patraña, es que la lógica de la vida ha perdido todo sentido…

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“Nunca supimos lo que en verdad le sucedió. Hicimos todos los exámenes y sólo hallamos un problema menor en las plaquetas de su hemoglobina. Pero ya está recuperado y puede irse.” “Usted está bromeando.” “No. Puede irse.”

Qué decir… me debato entre el hambre y el hastío.

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He recuperado mis anhelos… aunque se supone que no me distraiga, que no me escape hacia otras superficies espaciales, que no me mienta más que el mínimo necesario para esta historia… Se supone que no es tu pelo el que me enredó los relojes, ni tus ojos trajeron a los míos la madrugada; ni es tu sonrisa la que resguarda baúles en algún rincón de mis recuerdos; ni es tu voz la que adormece inviernos en mis sienes. Se supone que no es tu fantasma el que recorre mis ladridos. Se supone que no soy yo el que, limosnero transeúnte marginal, estira la mano hacia tu mano. Nada reclamo en mis estandartes sino hacerte saber que no era yo el que amó tus besos. Se supone que estoy incapacitado para descubrir distancias y abismos y que por tanto no eran mis pasos los que tronaban apuros hasta tu ombligo. No eran tus pechos entre mis dedos palpitantes a los que mi reciedumbre llamó ternura. Finalmente, no era tu aliento el que desprendía mis dolores. Se supone que no soy el que te escribe y no eres tú quien se queda, quizás para siempre, entre mis palabras. “Perdón, no quise chocarlo… ando un poco ido… discúlpeme.”

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Me siento en el peldaño 37, descanso, respiro… me fumo un cigarrillo imaginario y hago volutas perfectamente redondas. Me distraigo un poco mirando el paisaje citadino, siempre veloz en la maraña de ambiciones. Rostros que deambulan hacia arriba y hacia abajo de estas gradas, miran de reojo para evitar tropezarse conmigo, me ignoran, no me saben, me tiran una limosna… Reflexiono en la apertura de los cubos para encontrar la vida encerrada entre las sombras de lo ignorado, para que sea libre y se exprese como le dé la gana, y luego un ciego me da un bastonazo en la espalda… le pido disculpas… no responde nada y sigue su marcha hacia adelante por el mismo estrato en diagonal de su ceguera. He aquí un ciego que avanza a como dé lugar y un vidente que pide tregua a sus alpargatas…

Pareciera que estorbo, pero me hago el leso.

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3 comentarios:

Anónimo dijo...

que!!!!!!!
TODAVIA NO TE LEVANTAI ; levantate y camina , asi sigue la historia o crei , que no pasa nada afuera , y como pues llegar tan lejos si no puedo quitar mis pies del suelo ...... salud.

Anónimo dijo...

La guea llorona... ni un brillo

Anónimo dijo...

La guea llorona... ni un brillo