diciembre 01, 2006
Amante
Si te he hecho mi amante, no ha sido para amarte sino para que ames mis crepúsculos eternamente quinceañeros, mis horizontes durmiendo infancias, mis manos esculpiendo tu pubis, mis labios bebiéndote a mares. No es para que digas mi nombre en tierno y suave susurro sino para que desbordes mi animal, mi pasión llena de mar y espuma, mi furia toda, toda.
Amo tus pechos, es cierto, pero como un lobo insaciable. Y no quiero tu dulzura quejándose sino el golpe que obliga a mi sed a hacerte mía, mía hasta los huesos, mía hasta la muerte. Concéntrate. Con calma y malicia, lame, besa y muerde todos mis recuerdos, hasta que no quede más que distancias enormes, siglos eternos, muriendo y resoplando, resoplando y gimiendo apenas...
Si te he hecho mi amante, no ha sido para que reinterpretes mis anhelos a tu gusto. Cuando sientas que obligo a tu cabello que viaje hasta mi ombligo es porque no eres libre sino hasta que yo te obligue a ser de mí tu esclavo, y beba de tu fuente hasta maldecirte. Te haré morir y vivir como nunca, una y mil veces. Dirás muchos nombres antes de nombrarme, jadearás millones de angustias y llantos en un instante único, eterno, divino, balbuceando una maldición... un te amo abatido, exhausto.
Así, convertidos en feroces bestias en franco retiro hacia la noche, dormirás sobre mis latidos, mientras acaricio tus sueños, durmiendo.
Estiramiento
Entonces, sentado frente a la pantalla, me enfrento a un sucio teclado al cual mendigo, una a una, palabras que me incluyan y me muestren los horizontes posibles que habito y me habitan.
Pero algo sucede entre tictac y tictac. Mierda, es un sutil dolorcillo de uñas. Separo mis manos del teclado y las ejercito con suaves movimientos, una sobre la otra, y viceversa. Entrelazo mis dedos y estiro las palmas mostrándolas al cielo dejando mi cabeza en medio, en un círculo de brazos rezongones. Un débil tirón de cuello me obliga a moverlo en ondulantes vaivenes que reacomodan los huesos y la mandíbula; estiro mi cara en largo bostezo de emociones perezosas. Despego mi espalda del respaldo e intento alinear los hombros en su desequilibrio natural. Elevo mis vértebras al nivel de truenos enojados. Reacomodo el culo en la silla y vuelvo a echarme. Se reapiña la columna y caen los hombros a su estado de letargo, aunque más descansados. La cabeza me cuelga entre las orejas y como si nada hubiese pasado, los ojos buscan horizontes transparentes entre el gentil y paciente pulso del cursor.
Bien... ¿en qué estábamos?
Pido disculpas
Tantos mundos posibles, tantas historias, tantas formas de interpretar el horizonte. Pedir disculpas es, sino el último recurso, la consecuencia de asumir el bagaje y la ignorancia. No hallo otro modo. Y es que, a veces, creo dar con ciertas palabras que expresan y dan sentido... y otras veces, la mentira y la faramalla literaria, inútil, menosprecia lo que mi ojo imagina, retuerce lo simple, retoca lo obvio.
Pido disculpas si has sentido que traiciono tus razones, que alimentaste mi corazón para que fuese en una dirección diferente a la que voy, que soy un cuervo esperando el momento para dar el zarpazo sobre tus pupilas. En mi egoísmo brilla la convicción que lo habido es propio, único e insobornable. Debo más en lo que aún no soy que en lo que pude ser. Debo a mis
amistades, las pocas que soportan mis tonterías, más vino y luciérnagas que toda América a la banca mundial. Debo a mis familiares más palpitaciones y palabras gentiles que utopías en las bibliotecas. Debo a mis muertos muchas más discusiones, golpes bajos, contradicciones, desvelos, y dolores de cabeza.
Pido disculpas, sinceramente, si en tu estética mis frases marginales no te alcanzan.
Pido disculpas si no llegué herido desde la última protesta. Sé que te esforzaste por hacerme saber que otro mundo es posible, que hago falta para hacer número y convertirme en opinión pública activa, que si mi voz con otras voces... ya sabes... pero en mi burdo pesimismo los relojes estancaron las vertientes. Acompaño tu marcha, como corresponde, pero no grito tu grito, no imploro tu justicia, y defiendo con bastarda locura a los guerreros indolentes que destrozan la pacífica vanidad urbana.
Pido disculpas si te he hecho creer que lucho. No es cierto. Sólo me atrevo a resguardar con celo pequeñas sonrisas, pequeñas miradas, mínimas palabras de ritmos alegres e insolentes. Creer que resisto es todo lo que hago.
Pido disculpas si en mi afán de no morirme de viejo así sin más, rezongo por todo, porque sí, porque no, porque en la lógica de los ancianos las horas son segundos imperdibles, imperdonables... no creas que se trata de otra cosa... no he perdido mi cariño por tus manos creadoras, no he perdido mi capacidad de asombro ante la expresión de tu sonrisa, no he perdido mi tiempo buscando fantasmas donde no los hay. Mis dolores siempre estuvieron contigo aunque a ratos no lo pareciera.
Pido disculpas por haber llagado tarde a la obtención de credenciales que justifiquen en parte mis opiniones. He sido responsable en no dedicarme a estudiar formalmente para así dar títulos a tu orgullo. Ser marginal tiene su sabor a vida, aunque la vida, en verdad, sepa a otra cosa... En este punto, solicito algo de relojes extra.
De este modo, llego a tus pupilas con algo de trasluces, con menos máscaras en lo que tengo por rostro, con menos prejuicios.
Tu palabra es todo lo que espero para mi sanación.
Mi Yo Colectivo
Fragmentos haciendo puente entre una orilla y otra; diálogos de sordo, gestos, valoraciones incompletas, rimbombantes, que no resisten mucho en su fragilidad. Llamados de atención para el ego y la reciprocidad en el siempre agradable palmoteo de espalda...
Por mi parte, reclamo el derecho irrenunciable a ser protagonista en cada uno de mis momentos. Es decir, cuando logro dar con la mirada que concilia lo dicho con lo que quiere expresar, lo desbordado con lo contenido; cuando en la mirada mis ojos se reconcilian con la utilidad del arte; cuando en los artistas se descuelga algo más que un lloriqueo ingenuo, algo más que pajas, entonces me hallo, me encuentro en la obra. Soy protagonista de las interpretaciones posibles, soy el reflejo. Cuando me hallo en mi porción de lo colectivo, mi Yo Colectivo se hace pieza del andamiaje. Sólo entonces es que puedo agradecer la bondad de los relojes...
Energúmeno sofisticado
Energúmeno sofisticado, numerario insustituible de la esquizofrenia citadina, estudioso literaturista de pantalla plana anclado a comienzos del tercer milenio. Muestrario inconcluso de los tiempos que corren, lleno de medallitas que te otorgan la calidad de campeón en este campeonato por la sobrevida en medio de la modernidad, siempre dispuesto a gesticular tus mejores garabatos a través del retrovisor del último modelo veinte kilómetros por litro.
Tropiezo con otros ojos en el reflejo y caigo de bruces en el sustrato que no es el mío. La risa allí es más blanca y el rubio es naturalmente tonto pero alegre. Las prendas empinan gloriosas estampas de calidad y colores vivos, y hacen juego con las magníficas plazas llenitas de verde sano. Lo vertiginoso da paso a la apacible extensión de los antejardines que sujetan modernas casonas con balcones de estilo institucional. Nada de pobres alzando palmas, nada de drogadictos sobornándote por una caridad para el próximo vuelo, nada de prostitutas promoviendo pandemias, ni policías reclamando el derecho a no ser izquierdos en época de golpear rebeldías.
Feliz cazador de ilusiones, mi calzado se sintió lustroso. Pisé un césped de cinco mezclas bien rasurado, lo olí, lo integré a mis pupilas... miré tetas que colgaban de otro modo al natural... diminutos culos perfectamente circulares subvertían mis instintos... el embrujo de ojos para coleccionistas de lo claro me advertían, sin embargo, que no dijese más que lo prudente, para no caer en desgracia, en arrebato de venganzas y desprecios sociales, en evidencia de relojes atrasados.
Sospeché del olvido en medio de tanta alegría. Deduje que detrás de aquellas diamantinas paredes de dos y tres pisos igual debía haber una pobreza oculta, un dolor aguardando por su informe, un corazón samaritano esperando su momento de nacer.
Pobre gente —me dije—, y uno creyendo que vive al margen... Desconfiaré —me dije—, de los de pelo duro más que de costumbre... Dudaré —me dije—, de las callosidades laborales que andan muriendo de a tantos... Temeré de aquellas madres —me dije—, que no cuenten con su sonrisa completa...
—Pero... weón, qué infantil te pones, a veces. —Me respondiste, aburrido, ante el arrullo irónico y sangrón de mi voz.
Después, miro a tus ojos y me percato que estás cansado de ir y venir veloz por los recovecos de tu energía extra. Te doy las gracias por el aventón para mi regreso, sé que estás atrasado para cumplir el siguiente rito.
Tu palabra en el cielo pleno
Hecho de menos la pequeña palabra, la humilde y reflexiva palabra que no pretende más que un suave batir de alas. Cómo explicarte la gracia de mi susurro si apenas se oye. Cómo atino a no despeinar este silencio lleno de luces. Y sin embargo... y sin embargo un grito prematuro y tierno corrige mis anhelos, los orienta, los dirige a la sencillez de una campanada. Y es que un grito tuyo me alerta, me ensueña, me agrega respiros, me cobija los mundos, rompe mi rutina como hadas juguetonas.
Y, aunque hay espejos amaneciendo luciérnagas entre estos cerros marginales, me resulta sospechoso este latido. Carece de algo con lo que no tropiezo. Claro, si en ausencias que pretenden estamparse como legítimas, no doy con la sencilla expresión que me hable de tus ojos, de nada sirve este artilugio. Si en tus manos mis manos no alcanzan a estallar en el resoplo, en el éxtasis de una caricia que arrebata minutos a la vida, entonces de nada sirve este artilugio. Y si en tu silueta nada reembolsa la pérdida inútil del tiempo sin orgasmos alsinos, montañosos, agrestes y brutales, porque nada se ha dicho con propiedad y simpleza, es a la sazón que de nada sirve este artilugio. Es que, más que intenciones, le faltan nubes a esta tormenta, falta tu nombre en el cielo pleno.
Cómo hacer entonces de palabras donde debía haber caricias, besos y abrazos. Cómo no equivocar el camino de regreso a lo indomable si están normadas hasta la última gota de sudor y sangre. Cómo quitarse de cuajo, con piel y todo, los bozales que nos rigen y romper en gritos cada anhelo... Es que nadie supo qué decir si preguntaba a qué hora llegarías. Te esperé tantos crepúsculos —y aún te espero— y nadie supo decir de qué color sería tu traje de golondrinas. Me cubrí los ojos de inviernos, me empapé de fantasmas, y nadie supo nunca qué decir...
Pero no pienses que todo es un desencuentro sin fin. Hallé tu mirada indagando bajo la solapa de lo aparente. Hallé tu niña guiñándome los horizontes. Hallé tu grito rompiendo el cerco. Hallé, en un descuido de los dioses, tu nombre alzando plegarias rebeldes.
Estoy seguro. No habrá volcán que iguale tus escritos. No habrá torbellino que arrase tus decires. No habrá tránsitos con dirección obligada que no te impliquen, como cómplice eternamente culpable, en un suave batir de alas. No habrá más palabra que la tuya, estoy seguro, cubriendo el cielo pleno.
Cansado...
...de ir al no lugar de las cosas, distraído y flojo de ilusiones, repto sobre mis tantas tumbas. Sé que de nada sirven estas estupideces que digo... pero algo sucede, invisible, en lo que me queda de ojos, en lo que pueblo de labios, en lo que respiro de lunas, en lo que erecta mi pene de sabores esenciales.
Desconozco el roce de la palabra absurdo, sin embargo, su sonido me atrae como mosca a la mierda. Y aquí estoy, esperando, más allá del costado, extranjero, puto y cobarde ante la obviedad de las cosas.
Más allá de cualquier mirada, debo advertir que la paciencia se me encanece...
Pequeños mundos
Pequeños mundos que nada revelan sino una mínima de algo. Pequeños mundos que no inciden, y sin embargo, habitan. Pequeños panfletos cotidianos, detalles comunes o algo menos, incluso. Quizá, diminutos motivos para un respiro extra; quizá, casuales artimañas para una gran historia que jamás será contada. Qué más da. Nada importa un hombre perdido en la billonada de angustiados sonrientes que pululan el tercer planeta. Si quieres, existencialismo de mercado persa al sur del mundo.
Incidentalmente, pequeños ruidos levantan puño y yo acudo.
noviembre 01, 2006
Gradas Punquis
“Para quién canto yo entonces, si los humildes nunca me entienden.”
Charly García
Charly García
Me siento en el peldaño 31, descanso, respiro… me fumo un cigarrillo imaginario y hago volutas perfectamente redondas. Me distraigo un poco mirando el paisaje citadino, siempre veloz en la maraña de ambiciones. Rostros que deambulan hacia arriba y hacia abajo de estas gradas, miran de reojo para evitar tropezarse conmigo, me ignoran, no me saben, me tiran una limosna… Reflexiono en la apertura de los cubos para encontrar la vida encerrada entre las sombras de lo ignorado, para que sea libre y se exprese como le dé la gana, y luego un ciego me da un bastonazo en la espalda… le pido disculpas… no responde nada y sigue su marcha hacia adelante por el mismo estrato en diagonal de su ceguera. He aquí un ciego que avanza a como dé lugar y un vidente que pide tregua a sus alpargatas…
Pareciera que estorbo, pero me hago el leso. Es divertido sentir que, aún estando quieto, se interrumpen los relojes, se intervienen las rutinas, se manifiesta el movimiento. Viene un guardia, de esos de paso regular y cabello corto bajo la gorra, y me inquiere sospechoso de algún delito nada literario… Me pregunta si me siento bien en un tono inusitadamente amable, y yo respondo un “sí, gracias” inexpresivo, con los ojos puestos aún en el horizonte. Me percato de su angustia. “Estoy bien, de verdad, gracias.” Se aleja compungido e incrédulo mientras se reacomoda la gorra. Pienso, entonces, en la inutilidad del arte, en lo sucedáneo de las metáforas, en la frustración de los artistósofos al no dar con el color que narre sus existencias, en la estupidez del vanguardista que desde su guitarra pretende hacer religión, en los siempre buenos comerciantes que habitan en las vitrinas de sus sueños tan vacíos como ahora mi estómago… “Señor, —me interrumpe la voz del guardia— tome señor.” Me extiende un vaso de agua. Me sumerjo en el refrescante mar de amabilidad. Bebo y agradezco. Le pregunto su nombre… “Bueno, don Juan, me doy cuenta que hago bulla con mi silencio… gracias por el vaso de agua, ha sido usted muy amable, pero no se preocupe… insisto en que estoy bien, sólo descanso un poco… gracias.”
No quiero cuentos, así que me pongo de pie y camino en horizontal. Hacia la izquierda, por el estrato de los panfletos, las esperanzas se dan de cabezazos y las inteligencias se desmoronan con prácticas que el pueblo no comparte. Hacia la derecha, por el estrato de la barbarie, la sangre sigue fluyendo desde las inconciencias… dinero y poder… dinero y poder… dinero y poder… “Por aquí, señor, —insiste el guardia indicándome el rumbo—, un paramédico lo atenderá.” No sé si reír o echar un par de chuchadas… ¡pero qué tipo más insistente! “Qué le pasa a usted ¿eh? Ya le digo: estoy bien, sólo descansaba un poco… por favor.” Me responde que no puedo permanecer allí y que si me siento tan bien, es mejor avanzar, que el tráfico de los transeúntes… “Como no.”
Los peldaños sinuosos, angulados y a la vez oblicuos, tan aparentemente iguales todos, se me comportan de manera extraña, antojadiza… cambian sus medidas estándar por unas al azar, cambian su dirección obligada de arriba y abajo por otra dirección que se desintegra, que se rompe en contrahuellas infinitas, y se cae a pedacitos el equilibrio universal… “Ya le digo yo… ¿ve?” —me refunfuña el guardia, tomándome del brazo. En la sala, blancos muebles combinan con las paredes blancas y la tenida inmaculada del paramédico… que no me sonríe, no me mira, no me habla… El olor a látex de sus guantes coincide con el blanquecino hedor de las sábanas recién puestas en la camilla. Me concentro en la luz del fluorescente que invade todas las sombras y me dejo ir… de blanco a negro en un pestañar…
Sustraído, recompongo mi verdadero nombre. Es decir, se hace grato no estar en lo que habitan las pupilas y estirar las frases rimbombantes porque suenan más graciosas… porque sí… porque en las sonáforas se ha desperfilado para bien la rigidez del verso aburguesado… aquí es posible reinventar lo sustantivo y transitar por la crítica a lo imposible… se me descuelga la mirada… alcanzo cúspides colectivas… me miro el ombligo en conceptos que rayan con certeza en una locura decadente... Y de negro a blanco en otro pestañar. “Volvió… —exclamó presuroso el guardia, que había vigilado durante el trance mi rostro palidecido—. La ambulancia viene en camino.” Pero qué ingenuos… pobres tipos ¡qué clase de ridículo hacen! “Se ha desmayado usted, lo mandaremos al hospital.”
En cámara lenta intermitente, el paramédico me inyecta un tentempié en el brazo derecho. Está bien —pensé— les seguiré el jueguito… a ver qué pasa…
———
Pocilgas transparentes que recorren los circuitos de la imaginación me acompañan hasta altas horas de la madrugada. Iracundo, las golpeo a mansalva en el rostro, recojo sus babas hirvientes y las lanzo garabato abajo… maldigo la existencia y me enfrento a muerte con la muerte… me hace unas fintas… me pega en la boca del estómago, me quiebra un diente, me pone un dedo por el culo… grito… reclamo justicia… Los árbitros bendicen los dolores producidos. Desde el otro rincón del cuadrilátero, el comentarista de huesos declama su sentencia… “Ponga sábanas nuevas. Hay que lavarlo entero… está todo cagado y huele a infiernos… Hay que bajarle la fiebre a como dé lugar.”
“Lo cierto, doctor, es que mi hijo es muy porfiado. Viera usted. Le he dicho hasta el cansancio que deje esa maldita droga. Sí, doctor… cambia su estado de ánimo, lo deprime, lo entusiasma en exceso, lo encoleriza, y así… situaciones por el estilo… lleva un buen tiempo, unos años diría yo… A veces lo pillo hablando solo, doctor… él dice bromeando que son sus muertos… que es mejor hablar con los muertos porque están más vivos que los vivos, y yo no logro entenderle ¿sabe? Es que esa maldita cosa lo tiene enajenado, doctor… si ya no sé que hacer… Y él es tan inteligente ¿sabe? Lee harto y siempre ve los noticieros… se pone a pelear con la tele, le grita, y hasta le tira cosas a la pantalla. A mí me da un poco de susto pero lo dejo tranquilo no más… es su forma de expresarse, supongo… ¿Estará mucho tiempo aquí? Lo hecho tanto de menos, estoy tan preocupada, doctor. ¿Podría decirme qué es lo que tiene? Ah… y… ¿para cuándo cree usted que estarán los exámenes? Bueno, le agradezco doctor… No, está bien así… si yo no lloro, soy súper fuerte… gracias por todo doctor…”
———
Me quedo inmóvil, asustado, convertido en el invitado de piedra. A mi alrededor, varias camas resisten los olores ácidos de la muerte. Un tipo, al que una hija desconsolada aún llora, sale de paseo para siempre en bolsa negra. A mi diestra, un veinteañero sufre los rigores del síndrome viral más perverso legado del siglo que recién se va. Un abuelo remoja su dentadura, impúdico, mientras escupe a una enfermera. Por el pasillo, zapatos y delantales blancos corren a la sala de al lado… a alguien se la ha reventado la apéndice… ¡a un impaciente hospitalizado!
Me quedo inmóvil, sujeto a la tela que envuelve mis miedos, convertido en escoria develada, sin aliento, sangrante. Mi orgullo se desvanece al descubrir que siempre estuvo unido a mi esfínter… “Uffff… ¡éste otra vez se cagó!” Una lágrima rebelde se desliza burlona por mi mejilla.
Me quedo inmóvil. Alguien de otra sala ha dado su último grito.
———
“¿Es Sida doctor?” Traigo a mi memoria, entonces, los momentos más gratos y excitantes ¿te acuerdas? Es que la estación estival me calienta el alma. Cierro los ojos y te miro al desnudo… quiero corromper todo a mi paso y sin cuidado ni tiempo que perder, introducir mi reciedumbre en cada uno de tus poros, en ansioso trote hacia tus estertores y los míos… no hay razón alguna que me impida tapar tu boca, ahogar tus gritos, promover tus miedos, esperar la venganza de tus defensas ofendidas y vencidas ya hace rato por la fuerza equina de mis impulsos… expongo mis heridas como trofeos y me gozo… respiro profundo mientras te tomo y te hago mía hasta las entrañas… movilizo tus cumbres entre mis dedos, las estiro, invoco tempestades hasta que un largo quejido me implora por más… garabateas el delirio, me nombras, me ordenas, me obligas, me odias, me amas a morir… y yo lo sé, por eso abuso de tus abusos, me dejo sorprender, jugueteo entre tus aguas hasta que me gritan los volcanes bajo tu vientre… luego de los tuyos, mis estertores siguen cobrando recompensas, uno tras otro, en interminable y deliciosa agonía… “No lo sabemos, hay que hacer más exámenes para determinar lo que le pasa.”
———
Recupero fuerzas, hago ejercicios suaves, miro hacia el ocaso y me extasío. Sin embargo, la desesperación hace ruidos insufribles. Nada sé de lo que me sucede. Sospecho lo peor.
———
Mato el tiempo de modo vergonzante. Escribo. Entonces, proleta, preocupado, buscón… me reservo el derecho a la despedida, a tener la última palabra, a mimar mis últimos esperpentos inútiles. En mi altanería equilibrista, maldigo el porvenir de los escribientes de la sorna y la risa fácil, pues en ellos la despreocupación hace piel y flotan como mojón marinero: podrán repartir su hedor, deshacerse, influir, distraerse… pero no verán jamás el fondo de nada. Maldigo a los modernistas metáforos de la indolencia, versófilos de una astucia llena de obviedades, silabaristas de la impunidad yoísta, llorona, delincuente. Maldigo la ausencia de aquella magia que transparenta los relojes, la falta de instinto en los reflejos literarios, la carencia de altura en los andamios… la innovedad, la fomedad luciernógica que con poco hace de lumbrera, la buitrología no superada de los siempre hambrientos escribiluchos. Maldigo, pero de veras maldigo, la insomne despasión de los “pone estrellas en mis pupilas”, del comentario burroso, mezquino… Maldigo a los censuradores… Maldigo, al fin, a los ruiseñores de la palabra, que los hay verdaderos, que no se atreven a ir más allá de algún zombífilo webtrasher de la sensiblería… Es mi humilde parecer que en los muertos hay más vida que en cualquiera de esas construcciones de la neomarginalidad electrónica.
“¿Y?” “Paciencia…”
———
“Sucede que aún estoy aquí… ¡¡estoy aquí, carajo!!”
En estos tiempos de extremo Yo, la mirada más miope que de costumbre se perfila como una combinación de sombras peleando por un pedacito de colores no abstractos. Y no hay pincel que aguante. Ni las aburridas miradas satelitales de un Pollock ni las agoreras figuritas inútilmente transparente de un Matta nos salvan de la ceguera adherida a nuestras frentes. Ni las sutiles expresiones de una Gabriela ni las jocosas mentirillas de un Parra logran romper el hielo de nuestras frentes. Ni las alucinadas melodías de Páez ni las citadinas y modernas trovas de Serrano logran percudirnos de los nudos que cuelgan de nuestras frentes.
Desde los aterrizajes forzosos de la cotidianidad, se desprenden bostezos ineludibles. A nuestro alrededor, una sinfonía de fantasmas y muertos recorre las calles. ¡Y todos luchan por su ración de espanto!
Los medios vociferan comunicados de prensa que rayan en la consagración de la estupidez. Opinólogos de todo tipo y función retuercen a su antojo lo inverosímil. Como cómplices malignos de la ignorancia, artistas y comunicadores, profesores y poetas, develan un mundo en que hasta la rebeldía está normada, encasillada en dogmas y antidogmas, en paradigmas anacrónicos y artimañas estéticas, muy artísticas. En nuestra modernidad hay un ideal para cada tipo de iluso…
Somos, apenas, respirantes de tercera. Los progresismos se visten de inocencia a la hora de ponerse las capas en tanto que, en las noches de luna menguante, sacan cuentas alegres de lo sustraído. De los retrógrados de siempre, dueños de un cuanto hay, eternos victoriosos a la hora de establecer las injusticias, queda un aroma a vómito fluyendo entre los resquicios… De ellos, sólo dolor y hambruna, apatía y mofa, se descuelgan desde sus brillantes corbatas llenitas de poder.
Entonces… si la crisis es de tal pesimismo, en que no hay ‘afuera’ que te salve ni ‘fuero interno’ que en verdad te refugie, da la sensación que todo es irreversible e inútil… Y, si hay sólo sinrazones dando vueltas, una y otra vez, como perro persiguiéndose la cola, la historia no es más que otro absurdo místico, como una religión, tan inútil como Dios… Y, si en esta aparente paz todo es un caos de magnitudes, en el que hasta el mejor juicio no es más que una patraña, es que la lógica de la vida ha perdido todo sentido…
———
“Nunca supimos lo que en verdad le sucedió. Hicimos todos los exámenes y sólo hallamos un problema menor en las plaquetas de su hemoglobina. Pero ya está recuperado y puede irse.” “Usted está bromeando.” “No. Puede irse.”
Qué decir… me debato entre el hambre y el hastío.
———
He recuperado mis anhelos… aunque se supone que no me distraiga, que no me escape hacia otras superficies espaciales, que no me mienta más que el mínimo necesario para esta historia… Se supone que no es tu pelo el que me enredó los relojes, ni tus ojos trajeron a los míos la madrugada; ni es tu sonrisa la que resguarda baúles en algún rincón de mis recuerdos; ni es tu voz la que adormece inviernos en mis sienes. Se supone que no es tu fantasma el que recorre mis ladridos. Se supone que no soy yo el que, limosnero transeúnte marginal, estira la mano hacia tu mano. Nada reclamo en mis estandartes sino hacerte saber que no era yo el que amó tus besos. Se supone que estoy incapacitado para descubrir distancias y abismos y que por tanto no eran mis pasos los que tronaban apuros hasta tu ombligo. No eran tus pechos entre mis dedos palpitantes a los que mi reciedumbre llamó ternura. Finalmente, no era tu aliento el que desprendía mis dolores. Se supone que no soy el que te escribe y no eres tú quien se queda, quizás para siempre, entre mis palabras. “Perdón, no quise chocarlo… ando un poco ido… discúlpeme.”
———
Me siento en el peldaño 37, descanso, respiro… me fumo un cigarrillo imaginario y hago volutas perfectamente redondas. Me distraigo un poco mirando el paisaje citadino, siempre veloz en la maraña de ambiciones. Rostros que deambulan hacia arriba y hacia abajo de estas gradas, miran de reojo para evitar tropezarse conmigo, me ignoran, no me saben, me tiran una limosna… Reflexiono en la apertura de los cubos para encontrar la vida encerrada entre las sombras de lo ignorado, para que sea libre y se exprese como le dé la gana, y luego un ciego me da un bastonazo en la espalda… le pido disculpas… no responde nada y sigue su marcha hacia adelante por el mismo estrato en diagonal de su ceguera. He aquí un ciego que avanza a como dé lugar y un vidente que pide tregua a sus alpargatas…
Pareciera que estorbo, pero me hago el leso.
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