diciembre 01, 2006
Estiramiento
Entonces, sentado frente a la pantalla, me enfrento a un sucio teclado al cual mendigo, una a una, palabras que me incluyan y me muestren los horizontes posibles que habito y me habitan.
Pero algo sucede entre tictac y tictac. Mierda, es un sutil dolorcillo de uñas. Separo mis manos del teclado y las ejercito con suaves movimientos, una sobre la otra, y viceversa. Entrelazo mis dedos y estiro las palmas mostrándolas al cielo dejando mi cabeza en medio, en un círculo de brazos rezongones. Un débil tirón de cuello me obliga a moverlo en ondulantes vaivenes que reacomodan los huesos y la mandíbula; estiro mi cara en largo bostezo de emociones perezosas. Despego mi espalda del respaldo e intento alinear los hombros en su desequilibrio natural. Elevo mis vértebras al nivel de truenos enojados. Reacomodo el culo en la silla y vuelvo a echarme. Se reapiña la columna y caen los hombros a su estado de letargo, aunque más descansados. La cabeza me cuelga entre las orejas y como si nada hubiese pasado, los ojos buscan horizontes transparentes entre el gentil y paciente pulso del cursor.
Bien... ¿en qué estábamos?
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