diciembre 01, 2006
Energúmeno sofisticado
Energúmeno sofisticado, numerario insustituible de la esquizofrenia citadina, estudioso literaturista de pantalla plana anclado a comienzos del tercer milenio. Muestrario inconcluso de los tiempos que corren, lleno de medallitas que te otorgan la calidad de campeón en este campeonato por la sobrevida en medio de la modernidad, siempre dispuesto a gesticular tus mejores garabatos a través del retrovisor del último modelo veinte kilómetros por litro.
Tropiezo con otros ojos en el reflejo y caigo de bruces en el sustrato que no es el mío. La risa allí es más blanca y el rubio es naturalmente tonto pero alegre. Las prendas empinan gloriosas estampas de calidad y colores vivos, y hacen juego con las magníficas plazas llenitas de verde sano. Lo vertiginoso da paso a la apacible extensión de los antejardines que sujetan modernas casonas con balcones de estilo institucional. Nada de pobres alzando palmas, nada de drogadictos sobornándote por una caridad para el próximo vuelo, nada de prostitutas promoviendo pandemias, ni policías reclamando el derecho a no ser izquierdos en época de golpear rebeldías.
Feliz cazador de ilusiones, mi calzado se sintió lustroso. Pisé un césped de cinco mezclas bien rasurado, lo olí, lo integré a mis pupilas... miré tetas que colgaban de otro modo al natural... diminutos culos perfectamente circulares subvertían mis instintos... el embrujo de ojos para coleccionistas de lo claro me advertían, sin embargo, que no dijese más que lo prudente, para no caer en desgracia, en arrebato de venganzas y desprecios sociales, en evidencia de relojes atrasados.
Sospeché del olvido en medio de tanta alegría. Deduje que detrás de aquellas diamantinas paredes de dos y tres pisos igual debía haber una pobreza oculta, un dolor aguardando por su informe, un corazón samaritano esperando su momento de nacer.
Pobre gente —me dije—, y uno creyendo que vive al margen... Desconfiaré —me dije—, de los de pelo duro más que de costumbre... Dudaré —me dije—, de las callosidades laborales que andan muriendo de a tantos... Temeré de aquellas madres —me dije—, que no cuenten con su sonrisa completa...
—Pero... weón, qué infantil te pones, a veces. —Me respondiste, aburrido, ante el arrullo irónico y sangrón de mi voz.
Después, miro a tus ojos y me percato que estás cansado de ir y venir veloz por los recovecos de tu energía extra. Te doy las gracias por el aventón para mi regreso, sé que estás atrasado para cumplir el siguiente rito.
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